En
estos tiempos que corren, con el falso feminismo, que es el que ha imperado
desde hace mucho y el oficial, en claro declive –afortunadamente-, conviene
recordar parte de su historia para entender muchas cosas. Que Judas al menos se
suicidó despues de vender a su maestro, pero los que traicionaron y dejaron
caer a la protagonista de este artículo, no tan sobrados de dignidad y
vergüenza como el iscariote, que ya de por sí parece ser que no es que tuviera
demasiada, encima han pretendido después hacer suya y enorgullecerse como si
fuera propia su gesta, esa misma por la cual pidieron -y obtuvieron- su cabeza.
Repasando,
la buena de Clara, diputada por el Partido Republicano Liberal durante la Segunda República, se había empeñado en eso
del sufragio femenino. Que a oídos de la izquierda se suponía debía sonar bien,
pero que fue por los “güitos”, como diría un viejo amigo, pues, en cambio, el
rojerío español en bloque, incluida la inefable Victoria Kent (la otra
feminista presente en el Parlamento, en su caso por el PSOE, que por aquel
entonces aún estaba lejos de abandonar el marxismo y cuyo gran líder, Largo
Caballero, se llenaba la boca proclamando que había que convertir España en una
dictadura socialista y, no sólo apoyó, sino que fue uno de los principales
promotores de la insurrección armada en Asturias de 1934. Buena gente. Éstos
eran los mismos que luego se convirtirían repentinaente y por iluminación en
defensores devotos de la democracia y tildarían de vergonzoso lo de levantarse
en armas contra la República cuando fueron los otros los que lo hicieron), pretendieron
convencerla de que dejase la cosa para mejor ocasión, pues, al parecer, el voto
de las señoras podría favorecer a la derecha, a lo cual ella, en un alarde de
dignidad, tomó su lugar en la historia respondiéndole que si las mujeres debían
ser libres, tenía que ser con todas las consecuencias. Sólo cuándo y para lo
que interesase, no podía ser.
Y
se salió con la suya. Le cosa fue sometida a votación parlamentaria el 1 de
octubre de 1931, saliendo adelante con los votos del Partido Radical, una
pequeña parte del PSOE, diputados republicanos sueltos, la propia Clara
Campoamor y… ¡¡SORPRESA!!, ¡Derecha Católica!, mientras que la mayor proporción
del PSOE, Izquierda Republicana, el Partido-Radical Socialista, buena parte del
republicanismo progresista y Victoria Kent votaron en contra. Es decir, como se
anunciaba en el título, la masa del rojerío nacional. Y resultó que, tras eso,
en 1933, la derecha ganó las elecciones, con lo cual la zurda nacional cargó en
masa contra ella, acusándola desde sus medios de haber sido la responsable por
causa de su empeño, siendo abandonada por su propio partido (no por ser éste
también de los que se inclina hacia el lado del grifo del agua caliente, sino
por dejarlo en evidencia rompiendo la disciplina interna) y acabando en el
exilio al no contar con respaldo de nadie al inicio de la guerra. Esos mismos
partidos, o sus herederos, que no le perdonaron aquello, que la atacaron y la
dejaron caer, son los que hoy se llenan la boca pronunciando su nombre, le
dedican calles y proclaman como propio su legado. ¿A que molan?
Yo,
que soy de derechas (la real. Neoliberaliso económico. Nada que ver con VOX ni
casi con el PP tampoco a estas alturas ya) y opositor absoluto de marxismos y
giliprogresismos, sí le dedico este homenaje sincero. A alguien de una
ideología que -eso no te lo cuentan- no era de izquierda –como inducen a
creer-, sino lo que entonces se llamaba liberal-progresista –algo así como un
centro derecha republicano-, y que trajo a España por primera vez el derecho de
ellas a votar, no gracias al apoyo de la izquierda, sino al de la derecha y el
centro derecha –eso tampoco te lo cuentan-.
“Tenéis el derecho que os ha dado la
Ley, la ley que hicisteis vosotros, pero no tenéis el derecho natural de
impedir que la mujer vote”. Clara Campoamor 1888- 1972.








.jpg)


