El título es un poco fuerte, pero hay que
analizar las cosas en su contexto, no quedándote con la sinopsis de la última
parte de la película, que es como nos la están presentando la izquierda
mediática, los colectivos antidesahucios, asociaciones de inquilinos, etc (“anciana es desahucida de la casa en que ha
vivido toda su vida por un fondo buitre”). Vamos a ello, a ver si la
percepción de ésta cambia teniendo en cuenta todo lo que hay que tener.
Esta señora llevaba viviendo siete décadas
-¡nada menos!- en esa vivienda que todos eso grupos llaman “su casa”, pero que,
en realidad, pertenecía a un propietario que la compró en su día. Y lo hacía en
virtud de un contrato de alquiler de renta antigua, de los que impiden subir el
precio, que era de 500 € -204 en origen- con lo cual ha mucho que quedó
obsoleta y desfasada en relación a los de los alquileres con el paso del
tiempo. Por una ubicada en su misma zona y de sus características (El Retiro,
actualmente una de las má caras de Madrid, casi de lujo), actualmente se vienen
pagando 2.500 euros. Tiempo y recursos tuvo de sobra para adquirir en propiedad
esa o cualquier otra, pues era funcionaria (puesto de trabajo asegurado de por
vida por tanto, de los que aportan seguridad económica y hacen viable la
concesión de un préstamo por cualquier banco) y, teniendo en cuenta que su
pensión de jubilación es de 1.350/1450 €, la base cotizadora no debía ser de
menos de 1.600 o 1.700, no teniendo además familia. Es decir, perfectamente
podría haber asumido una hipoteca por poco más de lo que pagaba de alquiler.
Pero no. ¿Para qué? Si pensaba que de allí no podrían moverla y, por tanto,
podía quedarse para siempre pagando sólo 500. Heredó además el contrato de su
madre, que ya antes se había subrogado en la posición de su padre, la original
parte arrendataria, otorgándole un derecho a perpetuidad, algo no permitido
actualmente, pues estas subrogaciones de renta antigua pasaron a tener fecha
de caducidad o límites específico en virtud
de la Ley de Arrendamientos Urbanos de 1994. Pero para hacer valer su derecho, el antiguo propietario
habría tenido que llevarla a los tribunales, lo cual le habría implicado una inversión
en abogados y demás que, al parecer, o podía permitirse, así que feliz.
La condición de Mari Carmen era la propia de un
parásito, de los que acopla a la piel y
ya no se despega de ella si no la arrancan a la fuerza. Era ella la que
disfrutaba de un inmueble en plena zona privilegiada a un precio que no se paga
ya ni por una ubicada en un barrio marginal, a costa del dueño del inmueble,
que desde hace setenta años tuvo que olvidarse y hacerse idea de que ya no lo
tenía, a pesar de seguir teniendo que pagar IBI y demás gastos relacionados con
la propiedad. La arrendataria, evidentemente, más contenta que un marrano en un
charco.
Y llega un día el señor Karma, que a menudo se
hace esperar, pero habitualmente acaba apareciendo, igual que la inspección de
Hacienda. El arrendador se acaba cansando de la situación, que se le hace ya
insoportable, y no le queda más remedio que acabar vendiendo su propiedad. A
precio de saldo además prácticamente, porque, claro, teniendo “bicho” dentro,
pocos están dispuestos a adquirirla. Y ese propietario resulta que es una
empresa, no fondo buitre, denominación que tanto agrada a la izquierda (en
realidad, fondo buitre no es más que una empresa dedicada a adquirir casas y
locales ejecutados en subasta, así como lotes de deudas de cobro difícil o
imposible, una actividad perfectamente legal), con sus abogados en nómina y
capacidad para llevar a la inquilina a juicio y desahuciarla. En un primer
momento se le comunicó que habría de actualizar su renta, a lo cual Mari Carmen
se negó, obviamente. ¿Cómo iba a asumir el pago de 2.500 € mensuales con su
pensión de 1.300? Un argumento intachable. Si no fuera por el hecho de que se
encontró en esa situación porque ella quiso y tras haber sangrado al original
tenedor durante setenta años. Eso lo hace ya menos inatacable. Y si no accedía,
el reclamante avisaba que acudiría a la vía judicial, como es norma para quien
pretende hacer valer un derecho que se le niega ilícita e injustamente.
Y claro, la cosa acabó llegando a los
tribunales a los cuales, como estaba cantado. Y éstos, aplicando la Ley,
fallaron a favor de la demandante. Era la crónica de una muerte anunciada. Y la
izquierda mediática, la política, las organizaciones, asociaciones y colectivos…
todo esos que durante casi tres cuartos de siglo habían no habían visto nada
malo en que una persona se viera privada de su propiedad y llegara al punto de
tener que malvenderla, pusieron el grito en el Cielo ahora que era uno de los
protagonistas de sus cuentos el que salía perdiendo. Para esta gente, todo lo
que sea progresar en la vida y llegar a tener algo –salvo cuando son ellos los
protagonistas, claro-, es un cacique, un burgués y demás condiciones de su bestiario,
merecedores de su más profundo desprecio. El que no tiene nada, sea por mala
suerte en la vida o sea porque le dio la gana que así fuera, es el bueno de su
película, y el que invirtió y construyó un patrimonio, el malo. Se insiste:
siempre que no se trate de ellos. El Gran Wyoming” tiene doce viviendas
adquiridas en propiedad, la ministra de vivienda tres –digo yo que no las necesitarán todas para vivir. Ya nos
contará a qué las dedica que no merezca el calificativo “especulación” según
ellos-, Sus Majestades, los marqueses de Galapagar, residen en una con título
dominical sobre ella con espacio suficiente para que la habiten varias familias
más, nos acordamos aún de “Villameona”,
cuando la compró Boyer para vivir en ella con la Preysler… pero los malos son
los otros. Los que adquieren propiedades que no van a habitar y además no son
izquierdistas. ¡Tremenda blasfemia! ¿Cómo se pueden atrever? ¿Cómo ser posible
semejante osadía? ¡Hay que freirlos a impuestos!
Para acabar, ninguno de estos voceros, ni
tampoco de los que tan viva y airadamente se manifestaban en la puerta del
domicilio, se ha ofrecido para acoger a Mari Carmen en su casa. Porque sí,
vivimos en un estado social y, por tanto, los que tienen más se deben
solidarizar con los que tienen menos. Eso va a misa. Palabra de Dios. Te
alabamos, Señor. Pero ojo, sólo cuando sea otro el que debe soportar el gasto.
El propietario en este caso. Si debe suponer para él perder a efectos aquello
por lo que pagó y, según la Ley, es suyo, pero en la práctica nunca lo será,
que así sea, que eso es lo justo. Resignarse a ello y a que la verdadera dueña
será la señora. Ahí los tienes, exigiendo que se baje y congele el precio del
alquiler, que el contrato sea vitalicio, que no
pueda desahuciar a ancianos… Todo eso. Tiene que cargar con ello. Pero
él. El propietario. El casero. Ellos no. Esa es la línea roja. La de la
izquierda. Siempre son otros los que deben pagar y perder si hay que perder.
Ellos no.

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